st. john vianney

college seminary

 
 
 
 
 
 

Positivamente tengo que dar gracias a Dios por darme la oportunidad de llegar a mi tercer año en el seminario de San Juan María Vianney. El seminario es para mí como una familia en donde he conocido a muchos hermanos de diferentes lugares y países, ésta es la gran riqueza que caracteriza a este sagrado lugar en el que a todos los que hemos venido nos une un elemento común, a saber la experiencia de fe en un mismo Señor Jesucristo y el deseo inalienable de seguirle. Este ha sido el motivo más hondo que nos ha movido a dejarlo todo y sumergirnos en esta apasionante aventura, es Cristo quien dirige nuestras vidas, El ha hablado a nuestros corazones, su voz nos ha conducido a hacer una opción, la opción fundamental de dirigir toda nuestra existencia, por esos caminos que sólo El sabe a dónde conducen.

El seminario es un lugar de encuentro, primero con Dios, pues no quiere decir que todo el que llegue aquí tenga las cosas lo suficientemente claras como para dejar a un lado la intención de continuar profundizando y buscando respuestas a los interrogantes que siguen surgiendo en nuestra vida, para eso en la institución del seminario se nos ofrece el apoyo del director espiritual, sacerdote capacitado para ayudarnos a perfilar nuestras ideas e inquietudes y poder discernir con la mayor certeza posible qué es lo que quiere Dios para nosotros. Es también un lugar de encuentro con el otro, y en este sentido hay que ser consciente de que somos parte de una comunidad, una comunidad que demanda nuestra relación, pues los otros miembros presente en ella no han de ser considerados como personas ajenas a mí sino como aquellos hermanos que han llegado hasta nosotros como puro regalo de Dios que llevan grabado en sus corazones y en sus vidas la hermosa imagen de Jesucristo. No son un número más, no son un nombre más, son aquéllos que Dios ha puesto en nuestro camino para vivir el misterio de la comunión en la Iglesia, para vivir la dimensión de la fraternidad más noble que el mismo Cristo deseó que existiera entre nosotros como discípulos suyos, llamados a dar el testimonio más sublime de caridad que el mundo necesita para realmente creer en el mensaje de Aquél que estremece los cimientos de nuestra vida cuando su nombre es pronunciado con fervor y  pasión, Jesucristo el Señor de nuestras vidas. El, a través de su Iglesia alimenta nuestra vocación en las personas de sus representantes, nuestros formadores quienes con gran celo y dedicación ejercen una labor extraordinariamente comprometedora, dándonos con su ejemplo una viva imagen de Aquél que se entregó con esmerado esfuerzo y caridad a la labor de formar a aquéllos que iban a ser los encargados de difundir por el mundo la impactante noticia que en el evangelio se nos comunica: "Cristo ha resucitado".

Por último, es un lugar de encuentro conmigo mismo debido a que la misma formación es un instrumento increíblemente válido para facilitarme el conocimiento de esas áreas de mi personalidad que aún desconozco. Cuáles son mis cualidades, cuáles son mis limitaciones, qué aspectos tengo que trabajar más para crecer como persona y ofrecer a los que me rodean un servicio más amable y elegante conforme a las exigencias de los valores evangélicos.

 

Carlos Cabrera, 3rd Year Junior

Saturday, October 4, 2008

 
 
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